Las cocinas ardían. Literalmente. Mientras, decenas de infantes —tal vez cientos— escapaban por el subterráneo que daba al bosque. El palacio, envuelto en una columna de humo que se elevaba hacia el cielo nocturno, se quemaba desde los cimientos. Horas antes, había tenido lugar un banquete sin invitados. La reina despertó en ese momento, rodeada aún por las sobras de comida en la mesa, y llamó de inmediato a su engendro de confianza.

—¡Cara Cortada!, ¡Ven aquí, Cara Cortada! —dijo en tono altanero—. ¿Qué demonios hacéis que no está esto recogido?

Cara Cortada llegó al rato, exhibiendo un característico andar de enano jorobado. Había algo desapacible en su expresión —más allá del tajo que le dividía el rostro en dos mitades—, una combinación de disgusto y vergüenza que le hacían parecer aún más deforme.

La reina se impacientó.

—El palacio está en llamas, mi señora —resolló la criatura, sin despegar la vista del suelo.

A la mujer le tembló la barbilla. No era la primera vez que se prendía alguna estancia. El fuego era parte del día a día en aquel palacio; muchos los provocaba ella misma para recordar su niñez en las áridas tierras bárbaras.

—¿Y desde cuándo eso es motivo para holgazanear? Hay veces que no os entiendo —dijo contrariada. Paseó la mirada con desdén por el cuerpo compungido del sirviente. Carraspeó, e iba a ordenar que lo sumergieran en aleccionador aceite hirviendo, cuando la puerta volvió a abrirse.

—¡Lascocinassequeman —habló con dejo gangoso, desde el umbral—, lacomidahaescapado! —lo soltó de ese modo, todo junto, mientras ardía. A continuación, la bola de fuego cruzó la sala para arrojarse por una de las ventanas. El crujir de huesos rotos tardó unos segundos en oírse. Lo reconocieron enseguida: era Labio Leporino, el cocinero jefe, que firmaba así el finiquito.

—¡Cobardes! ¡Basura! —gritó Débora la Insaciable; pues ese era el nombre de la reina, el de verdad, el que le pusieron al nacer. El sobrenombre se lo había ganado por méritos, a razón de devorar pueblos enteros, literalmente, y justificaba su naturaleza de ogro—. Fuego en las cocinas. ¡Es lo último!

Entretanto, varios metros bajo el suelo, en las cocinas, el huérfano Tobías buscaba desesperado el libro que tantísimo daño había hecho a la comarca. El incendio intencionado arrasaría con todo cuanto se encontrara allí. Pero necesitaba verlo arder con sus propios ojos, el maldito recetario escrito con sangre de inocentes. Era algo personal.

La ogresa descendía los escalones de dos en dos, profiriendo maldiciones intraducibles a cualquier lenguaje humano.

—¡Mamarrachos! ¡Inútiles! ¡Me las pagaréis! —Cara Cortada la seguía de cerca, temblando de miedo. Tenía el gesto tan apretado que la cicatriz recta se leía en su rostro como una letra ese mayúscula. Débora le ordenó—: Avisa a Dientes Feroces y a Culo Torcido. ¡Los necesito a los dos! Veremos si esos niños consiguen escapar antes de que se enfríen los hornos.

El engendro se quedó muy quieto. Necesitaba decirle algo, algo que él sabía y aún no había tenido oportunidad de decir. Un detalle que le parecía importante y que urgía que ella supiese. Despegó los labios para contarle; pero la mirada despiadada —de infinita soberbia— de su señora hizo que los juntase en el acto, y decidiera desaparecer.

Tobías escuchaba las voces de la reina cada vez más claras. Se dio cuenta de que no podría demorar mucho más la huida si quería salir ileso. En realidad no le importaba, pues ya había conseguido liberar a los pequeños. Lo que restaba, era parte de su plan personal. El broche a una venganza urdida durante años. Lanzó un último vistazo.

Ahí estaba, abierto de par en par sobre la encimera, junto a una olla: el libro donde la reina ogro había ido anotando los detalles del arte ancestral de cocinar niños. Perfeccionándolo. Los ojos se le humedecieron cuando lanzó el recetario al fuego. Recordó cómo los secuaces de Débora habían raptado a sus cuatro hermanos menores, y le habían dejado a él —por tener la carne ya muy recia—, abandonado y lisiado en el ataque.

Cara Cortada amontonaba sus escasas pertenencias para fugarse también. Estaba harto del maltrato. ¡Ya se podía pudrir sola! Había ido directo a la mazmorra a empacar. Sería la primera orden que desobedecía, y la última: no avisaría a los sicarios para que persiguieran a los niños. No esta vez. Dientes Feroces yacía fuera de combate. Y Culo Torcido, Tobías «Culo Torcido» llevaba razón. Le había abierto los ojos.

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