El agua había dejado de salir. Y ella, sin atreverse aún a abrir los ojos, tanteó el relieve de la pared hasta dar con la toalla. Los charquitos en el suelo de la ducha brillaron bajo la luz naranja, y dos hoyuelos, uno por mejilla, le sostuvieron la mirada un instante, antes de ocultarse tras un gesto neutro.

Acercó un taburete al espejo y se aupó, erguida sobre la punta de los pies, dejando mecer su barriga infantil con deleite llano, como los tallos herbáceos al viento, que son naturalmente sensuales por su curvatura. Tomó un poco de jabón de afeitar para frotarlo en las manos, y se lo extendió con suaves cachetes sobre el rostro glabro. El aroma a mentol de la espuma le sabía a los besos de su padre. Aséptico, práctico, un todo con él. Ese mal necesario; igual que la ginebra. Ahora reducidos a notas aisladas en la memoria olfativa, como el aljibe amargo del espectro de su ausencia.

«Nena, algún día nos salvarás a mamá y a mí», solía repetirle mientras le aclaraba el cabello con una palangana de latón, sentado en el borde de la tina, apresando entre las rodillas la botella de la que decía querer escapar. «Una mujer limpia es una mujer sana. Encontrarás un buen marido en la ciudad y saldremos de este agujero».

Las palabras a veces parecen burlarse de los hombres que las pronuncian sin creer en ellas. Jamás saldría de allí. Lo enterraron en la tierra que tanto odiaba, la mañana que amaneció muerto, con el alcohol todavía saliendo por su garganta abierta.

La nena que llora y desliza el dorso de los dedos, frente al lavabo, retirando el jabón de la cara, muy despacio, como quien afeita la pelusa a la piel de un melocotón. La misma que se siente insegura ante un cuerpo que no reconoce. Ella quiere ser ángel y olvidar su sexo y escapar volando a otro lugar. Donde el tacto firme del algodón no peligre; donde un mal movimiento no la desarme; que no haya espejos que aseguren lo que tiene o le falta. La toalla que la envolvía ha caído al suelo. Si esa era la verdad, ¿quién mentía? Cerró los ojos, inerme. Y el mundo volvió a quedarse en tinieblas.

Los muertos no hacen ruido pero nunca callan. Sus voces retumban en la memoria, un zumbido de abejas que yacen panza arriba tras clavar el aguijón. La suya era una familia de abejas, de zánganos pujando por la reina. Al padre le siguió el tío, y el enjambre de muertos tiñó las paredes de luto riguroso.

La joven del pelo corto, el marimacho, la niña que no quiere ir a la escuela. La que teme a los vivos y sigue escuchando a los muertos. Que no callan, que no la dejan amar del modo que ama a su madre. Los mismos muertos que cuando vivos fueron hombres miserables. Yermos, inútiles. Cuantas noches había soñado el cuerpo de mamá, en la penumbra del dormitorio, y había contenido el deseo de acercarse a ella como varón, con el torso desnudo, como un padre. Para protegerla, para fundirse con el útero de todas las madres y ser la jalea de la reina.

El agua tibia sobre las mejillas puso fin al ritual de cada noche. La casa dormía a oscuras, en aparente calma. Terminó de vestirse y caminó hacia la cocina, mientras desmadejaba un pensamiento. La vida pertenece a los valientes —tiró del hilo un poco más—; la muerte, el premio de consolación. Los ronquidos y la respiración profunda, desde el dormitorio, se hicieron perceptibles. Bzzzz, zumbó entonces, Bzzzz…, ahuecando ese sonido entre los dientes.

Se posó en el umbral de la puerta entreabierta. El brillo de la luna sobre las sábanas blancas iluminaba dos cuerpos. Fijó la vista en el que yacía junto a su madre, y el cuchillo redentor resplandeció entre sus manos al reencontrarse con la garganta de otro hombre.

Uno menos para la salvación, el tercero.

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