Camino por las calles desiertas de la ciudad. Esa dama —de nombre Soledad— me tiende la mano, galante, guiando mis pasos hacia ningún lugar. Me siento insignificante en su telaraña, me ahogo y muero en la calidez del líquido amniótico, para renacer reencarnado en otras vidas; lejos, muy lejos de esta dimensión: soy el humo que emana de entre los lujuriosos labios de una vedette del Moulin Rouge; al rato, la flema que constriñe la garganta a un jornalero en los campos de Castilla. Puedo ser cuanto imagine, no hay límites.

Al fin solos tú y yo, eterna compañera de viaje, amada mía, hoy mi droga y mi cruz. A tu lado el tiempo no me pesa, un instante me traslada al siguiente mecido por el suave arrullar de un solo corazón. ¡Agárrame fuerte, Soledad, no me dejes! Seamos todo y nada, la eternidad.

El eco de unos pasos que rebotan en la intimidad del callejón confirma mis sospechas, alguien sobra. Suspiro. «Largo. Esfúmate», digo para mí, y me concentro mentalmente en hacer desaparecer al intruso. Sin pensarlo, estoy huyendo a toda prisa de aquel sitio, con el ruido de pisadas siguiéndome a pocos metros de distancia.

Las imágenes se atropellan, como el metraje en negativo de la bobina en un cine de a dólar. Soy una sombra que se desliza sobre el pavimento, el fuelle que resuella asmático en La fragua de Vulcano; la sangre en las venas, ácido de batería. Vuelvo a intentarlo de nuevo; hasta ahora ese truco siempre había funcionado, «ya te puedes ir por do+nde has venido, seas lo que fueras, ¡desaparece!». Siento el aliento del desconocido en la nuca. Soy el ventrículo izquierdo del corazón de Usain Bolt. El miedo se manifiesta como un hormigueo molesto en las extremidades. Tropiezo y caigo de bruces, despellejándome las rodillas contra el asfalto. Se escuchan relinchos victoriosos a mis espaldas. Con la respiración entrecortada —y en un intento de conservar la dignidad—, me giro para ver la cara de mi agresor y futuro trauma. Bajo la luz del alumbrado público, la silueta de un unicornio se descubre dispuesta a embestir.

¿Un unicornio rosa?… Tres, dos, uno… la inmensidad del dormitorio.

Parpadeo; vistazo rápido; todo en orden. Agridulce domingo de resaca. ¿Qué hora será?, el rojo neón del reloj de mesilla indica las 14:00 pm. Ese martillo pilón del alcohol barato me golpea todavía la cabeza. Odio los domingos; los odio con toda mi alma, tanto como a estas estúpidas cortinas que no sirven —me protejo con la almohada de los incisivos rayos de sol que se cuelan por entre las rendijas de la persiana y se clavan como alfileres—; hay que ver…, ¡ay, qué depresión!, aborrezco los manditos domingos y su aura postapocalíptica. Tengo que cambiar las cortinas, son una mierda.

Me estoy meando, hora de levantarse. Impulsado por un resorte imaginario salto fuera de la cama, pisando con firmeza la moqueta. Algunas pelusas —que traman planes conspiratorios mientras yo duermo— se asoman furtivas, como pidiendo explicaciones ante el revuelo; a tientas por la habitación, y hasta llegar al cuarto de baño, he tropezado con los zapatos, con el gurruño de los pantalones de ayer, con el móvil de maquetas de aviones de la Segunda Guerra Mundial que cuelga del techo —los fascículos coleccionables del dominical, un mal irresistible— y con el esqueleto del ramo de flores de papel pinocho que le compré a un vendedor ambulante, cuando ya iba bastante ciego, y que no alcanzó el objetivo. Nunca me ha preocupado el desorden del cuarto. De acuerdo a la segunda ley de la termodinámica acabaremos nuestros días siendo devorados por la entropía y el creciente caos sistemático, queramos o no, para qué perder el tiempo.

Frente a la taza del váter, he vuelto a recordar la imagen del animalejo cornudo del sueño. Unicornios rosas, qué bobada —he pensado—, y he salpicado las últimas gotas en el anillo de plástico de la tapa del inodoro. Si Darwin levantara la cabeza…

La claridad reflejada en el blanco nuclear de las paredes de la cocina castiga mis pupilas mal acomodadas. Como puedo, agarro un paquete de galletas y regreso a trompicones a la cama. El bloque de viviendas está en completo silencio, demasiado extraño, demasiada calma para ser la hora de almorzar. Los nietos de doña Petra tendrían que estar con sus juegos y carreras escaleras arriba y abajo, mientras los mayores se ocupan de poner la mesa; el plantel Eucarístico ya debería de haber vuelto de la iglesia y estar cotorreando en el rellano las desventuras de unos y las ausencias de otros. Ni siquiera se escucha al del tercero cantar a grito pelado los primeros goles de la jornada.

Varias vueltas sobre el mismo eje me disponen al borde de una crisis existencial. Las sábanas se han convertido en arena, granos finos y dorados del desierto de Arabia; soy la joroba de un dromedario. Me despierto de pronto y grito cuanto puedo: «¡A la mierda los domingos y esta maldita sensación de melancolía! ¡Qué les jodan!». Es inútil. Tras los gritos persiste el sosiego. Me incorporo y grito otra vez, más fuerte, hasta que noto que la garganta enronquece; y entonces me quedo callado, esperando una respuesta. Nada. Doy brincos en el colchón, golpeo la pared con el puño y la moqueta con los pies; luego, lo alterno; me imagino una estampida de ñus pateando la habitación con pezuñas salvajes.

Tras el esfuerzo, me desplomo rendido. Nada más que el silencio, ese asfixiante e inusual silencio.

Me siento súbitamente enfermo; como recién salido del centrifugado de una lavadora, como un trapo. Debe de ser la fiebre del sábado noche, me la han pegado, no hay duda. Esa niña del Malibú con piña colada; sí, seguro que fue ella; qué poca vergüenza. Entonces la fiebre del sábado noche…, ¿será motivo suficiente para faltar mañana al trabajo? Hombre, aquí en España… ¿Eh, no era hoy cuando ponían en marcha esa nueva batidora de átomos?, ¿cómo se llamaba? Gran Colisionador… —Mmm— de Hadrones, eso es, LHC en lengua de Shakespeare. ¿Un domingo?, ¿trabajar un domingo? Estos suizos y su dignificante concepto del trabajo, ¡qué se lo compre quien los entienda! Es de locos, un domingo.

Ya puede ser el fin del mundo, que hoy no me mueve de aquí ni Dios.

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2 comentarios sobre “El fin del mundo fue domingo

  1. Tienes una adictiva forma de narrar, la primera parte del texto me ha gustado por algunos destellos ritmicos, no se si a posta, supongo que si, pero me encanta la musicalidad de algunas lineas.
    Guiños al club de la lucha y a muchas mas cosas que no he llegado a identificar del todo, pero sinceramente ojala fuese solo un fragmento de una obra tal como pudiese ser una novela, porque me pareceria exquisita en este tono
    Yo tambien odio los domingos, comprendo esa sensacion de tedio, lo has mostrado a la perfeccion
    Mis dieces señor, es usted un genio

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    1. No digas esas cosas que va a parecer que te he pagado. En cualquier caso, GRACIAS. Muchas gracias.

      En cuanto a las referencias, sí, hay muchas. Lo importante a la hora de colocar el intertexto es que éste no dificulte la lectura ni el significado de la historia dependa de que se entiendan o identifiquen todas. No estoy muy satisfecho con el resultado, pero me creo que te gustase, eh. Jajajaja.

      Abrazos.

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