Empujé por última vez; y con un gruñido seco, derramé un resumen de mí mismo. «Bueno, eso fue —pensé—, ya está». Al tiempo que quedaba casi paralizado por la descarga orgásmica que recorría mi espina dorsal con la intensidad eléctrica de un rayo. Ella suspiró en la distancia, yo traté de mantener la compostura. ¿Se puede estar tan cerca de alguien y a la vez tan lejos? Habíamos completado con mecánica precisión el milenario rompecabezas de la humanidad entera. Acabábamos de resolver el enigma de la materia, el porqué de la vida, ese patético y sobrevalorado designio divino. Bravo, soldadito.

Sus ojos se posaron en los míos. Sentí cómo traspasaban la carne y anidaban en mi interior; en el interior del ser, un ser vacío de entrañas. Sentí el miedo de otras veces, ese vértigo. El ataque de una mirada. Violento y desproporcionado, como los ataques que se arman del silencio, incapaces de enfrentar una réplica. Aborté rápidamente aquel juego, desterrando las pupilas a un punto perdido en la habitación.

Iba a ponerme la ropa e irme, cuando comprendí que ya no, que no iría a parte alguna. Estaba donde tenía que estar. Llegaba el momento de sonreír mientras ella se acurrucaba a mi lado. Tocaba eso, esa parte. Me sentía extrañamente desprotegido y partícipe de algo que no me importaba; como si el motivo para nuestra desnudez fuese otro distinto al que correspondía. Perfilé una mueca ridícula con los labios y me tumbé junto a ella, en un acto de cortesía. Recostado contra el cabecero de la cama, crucé el brazo tras su nuca y dejé caer la mano sobre el hombro. Me pareció un gesto apropiado, una mezcla de ternura y dominación a partes iguales. Deseaba sentir el calor de otro cuerpo, y me acerqué un poco más. Encontré una alambrada, cercándolo, la distancia que no desaparecería ni grapando su piel a mi piel.

Frustrado, apoyé la cabeza sobre la almohada. Ahora irrumpía el cliché: el humo del cigarrillo describía figuras desprovistas de cuerpo, siluetas, igual que nosotros; mientras dos extraños respirábamos una mezcla de indiferencia y olor a tabaco rubio. Me dio la tos, y escapé de allí. Ella era la Edith bíblica del Génesis, convertida en estatua de sal. Y yo un Lot cualquiera, que corría a refugiarse al aseo de invitados, sin mirar atrás.

Aclaré la garganta con el agua del grifo. Me sentí reconfortado y, lo más importante, seguro. El espejo me devolvía una imagen amable de mí mismo. Más brillante, cálida y joven, con ímpetu. Dediqué unos minutos más a contemplar el reflejo: acicalándome el cabello, tensando los músculos. Observé las marcas de uñas, atrincheradas en la espalda. Ella siempre decía que mi espalda era especial, decía que la amaba; yo amaba su amor por ésta.

Por fin, me senté en el inodoro de porcelana azul aciago, que recién habíamos comprado en el Ikea del polígono comercial.

Ignoro la causa, pero el ecosistema húmedo del servicio siempre me invita a la reflexión. Recordé con nostalgia fingida aquellos días en los que creía en ese rollo del karma y la justicia universal cósmica. Pensaba en la necesidad de sentir gratitud al despertar cada mañana con una firme erección. Afrontar la vida con optimismo e ilusión, para ser imán de positivismo y buena suerte. Un montón de chorradas New age que empantanaban mi cerebro por aquel entonces.

Extendí el brazo y agarré el taco de revistas rosas apiladas sobre el bidé. La mayoría con la portada y editorial de las primeras páginas acartonadas, ilegibles. Examiné los rostros de los protagonistas, descoloridos, como vampiros descafeinados. Anacrónicos monstruos de la farándula y el chisme.

Me detuve en la sección de repostería. Todo un lujo de receta al alcance de los bolsillos más modestos, decía el pie de foto bajo una tarta de chocolate. Sonreí, sonaba capitalista hasta para un postre, y continué como si nada hasta los crucigramas. Sin embargo, aquella imagen me había calado hondo. Creo que la vida se aproxima a un pastel de chocolate, una enorme mierda cocida a fuego lento, con un finísimo espolvoreado de momentos pretendidamente buenos. Pasé las páginas aprisa, ardiendo en deseos de reencontrar aquel monumento a nuestra existencia.

Mi opinión cambió de pleno al contemplar, en otra imagen, aquellas gambas incapaces de reaccionar, serviles al paladar, chapoteando en un mar de frutillas y empalagosa salsa de mayonesa. La metáfora perfecta del absurdo es un salpicón de marisco, y no otra cosa.

Dejé de masturbarme justo cuando el miembro entre las manos adoptaba la apariencia de un cangrejo ruso. Todo en el universo parece estar interconectado. Calibré el amor propio y lo socialmente exigido a alguien como yo, un varón heterosexual, caucásico y occidental. Craso error. Volví a sentir la ansiedad, la caída libre, el yo qué sé.

Pronto me di cuenta de que no debía darle importancia, o terminaría volviéndome loco. Decidí darme un margen, una tregua. Estábamos yendo demasiado deprisa. Los espacios de intimidad se habían estrechado desde que vivíamos bajo el mismo techo. Ya no había lugar para la reflexión, ni rincones en la casa sin alguna caja por desembalar. Se acabaron los intermedios, rellenaba las páginas del diario de mi vida sin saltarme siquiera un renglón. Y se pedía excelente caligrafía. Se exigía.

Nunca antes lo había visto de ese modo, sin el ruido de fondo, sin distorsiones. Libre de esas pequeñas dudas magnificadas por la mente enfermiza de un narciso, que se fuerza al dolor para huir del aburrimiento y la intranquilidad que le produce lo cotidiano.

Resulta cómodo acostumbrarse al sufrimiento. La falta de anestesia termina gustándote, como a un cerdo campar entre los excrementos de su pocilga. Un orden plácido, exacto. Imperturbable. Hasta que aparece alguien y lo cambia todo.

—…porque tú la amas, ¿cierto? —Esto último juraría que salió del espejo.

Esquivé la pregunta, y le lancé otra.

—Espejo, espejito mágico, dime una cosa: ¿quién es en este mundo el más hermoso?

El reflejo quedó callado —como cualquier reflejo—, esperando la reacción del original.

Le guiñé el ojo, me tiró un beso. Nos partimos de risa.

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2 comentarios sobre “Del amor y sus tropiezos

  1. Tus palabras son las piezas de un puzzle que encajan perfectamente en cualquier contexto, suavemente y sin chirriar. No te censuras, no te extralimitas ni te fuerzas. Seguro que sí te esfuerzas, y relees con cuidado para asegurarte de que el tono sigue siendo natural, pero no te fuerzas. Magnífica forma de escribir. Las reflexiones son interesantes, humanas y mundanas a la vez, la premisa es buena, y el final arranca la sonrisa esperada que preparas a lo largo de todo el texto con pequeñas muestras de mordacidad y de encariñamiento por el personaje. Jamás en esta vida he encontrado mejor comparativa que lo de “un resumen de mí mismo”. Bravo, en serio, bravo. Voy a seguir leyéndote.

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