Caperucita Mercromina. Adolescente e intransigente —elijase uno; el segundo, opcional—, animalista, vegana, iconoclasta, feminista, atea y un largo etcétera de imperdibles sobre la chupa; en fin, nada del otro mundo.

Se siente roja, revolucionaria, cuando llena el muro de Facebook con frases de alquiler. Imágenes de hombres con el rostro velludo, por afeitar, muertos en siglos pasados; y también de alguna mujer valiente, aunque en ellas el bigote sea un complemento casual.

«He quedado con el Lobo», teclea en el IPhone. Le grita al mundo desde Twitter, como cada vez que está triste; aun cuando al mundo no le importa, sordo ya, tras tantas voces.

«Oy no?? Conpro o yebas tú??», le ha escrito el Lobo al WhatsApp; la presencia de las tildes corresponde a un automatismo del corrector.

Ella arquea una ceja, ante la propuesta del don Juan, y una sonrisa pícara se le escapa de entre los labios.

—Te estás tronchando, ¿con quién hablas? —pregunta la madre, que plancha camisas—. ¿Algún chico?

—Es María, quiere quedar dentro de un rato —la expresión de Caperucita parece a punto de cambiar de sabor— en el parque.

—Recuerda lo que tienes que hacer antes de salir a ningún sitio.

La transición del picante al agrio se completa, y de ahí al amargo.

—Joder, mamá, no es justo.

—¡Cuida esa boca, niña!

—Si va sola al bingo… por qué tengo que acompañar a la vieja a elegir unos pantis en la mercería. ¿No puedes ir tú? Anda, que para eso es tu madre…

—Y tu abuela, Caperucita Mercromina. Irás.

Miró hacia los lados, esperó a que la vecina entrase al portal, y cruzó la calle. Aguardó unos minutos antes de acercarse a la moto, aparcada en el lugar acordado; merecía la pena guardar las apariencias en aquel barrio de chismosos.

El Lobo no pintaba tan feroz, aunque tenía mucho de animal. Ni siquiera se llamaba así, nadie le conocía por ese sobrenombre; formaba parte de una clave para entenderse entre ellos.

—Qué bien hueles, mamita rica. —Kevin Roldán, el Lobo, la esperaba con el casco sujeto bajo el brazo.

Caperucita creyó detectar un micromachismo cuando éste le apretó el trasero a modo de bienvenida y comenzó a besuquearle el cuello y olfatearle el pelo.

Las palabras del hombre le robaron la atención.

—Te voy a devorar.

Se lo ponía difícil: le había quitado la chupa para manosearle los pechos, y con ésta cualquier atisbo de insurrección feminista.

—¿Los trajiste?

—Pensé que te ocupabas tú.

—Los olvidé en casa —mintió ella.

—Mierda.

—Qué importa —aseguró. No lo había hecho nunca; pero sabía que el sexo lo prefieren sin condón, lo había escuchado en Sexo en NY.

A él pareció gotearle el colmillo.

—Espera. —Reculó, sintiéndose cosificada; aquella palabra de dudosa etimología, que hasta entonces había repetido cual mantra, cobró auténtico significado—. Debo acompañar a la abuelita…, no tardaré.

El Lobo, experimentado depredador, asintió.

—Te acerco en moto.

—Tardaremos más; vive en el centro, pillaremos atasco… —titubeó—. Iré en bus, o me caducará el bono. Decidido.

—Está bien. Echemos una carrera —le tendió el móvil y ella señaló la dirección en Google Maps, a regañadientes— y de paso conozco a la family.

El transporte público chistó próximo al vetusto edificio. Para desgracia, el Lobo había llegado mucho antes. Desde la ventanilla del autobús vio la moto, estacionada, y a él a pocos metros, saludando con la mano.

Éste se quitó el casco para mostrar una sonrisa fanfarrona, de dientes blanquísimos, que asomaban como piñones maduros entre los morros del mulato.

—¿Qué?, mami; ¿no te dije?

Caperucita fue derecha a llamar al telefonillo.

Las luces del portal se encendieron, la anciana tardó en aparecer; se retocaba el cabello frente al espejo del rellano.

—Venga —tironeó del brazo de la abuela—, que no vamos al bingo y a éste le importa un comino lo guapa que estés.

El hombre apenas se había despegado del sitio, evitaba pagar ticket de zona azul.

—Jopé, abueli, ¿qué te pica ahora? No acabamos de cagar, ¿eh?

—A ese ya le conozco yo…

Al lobo le crecieron de pronto las orejas, le entró la prisa, y arrancó sin mediar palabra.

—Deja que se vaya, nos hace un favor —dijo, mirando la cara de sorpresa que se le quedaba a la nieta—. El tarambana de la moto ¿es novio tuyo?

—No. Es… un chico que conocí en Internet.

—Menos mal, me quitas años de encima. Ese bala perdida reparte los cartones del bingo. Por lo visto le pueden las faldas; dicen que se acuesta con las encargadas, incluso con alguna clienta.

—Lo sé. Fue lo primero que me confesó al conocernos. Presume de casanova.

—Pues no lo entiendo, niña, ¿quién querría un hombre infiel?

Abu, a mí me gustan —respondió Caperucita, muy digna—… malotesssh.

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4 comentarios sobre “Caperucita, no hay quien te entienda

  1. Ha ha ha ha Kevin Roldan bebè, un reguetonero de antaño si mal no estoy -soy de Colombia we, el regueton pulula en todos los lugares, igual que las madres solteras- ha ha ha malotes, a la final quedan con premio y tontuelas.
    Me gusto mucho tu relato, seguire visitando de a menudo.

    Le gusta a 1 persona

    1. Muchas gracias por el comentario. Te espero por aquí. 😀

      No escucho apenas regueton —al menos no voluntariamente, jaja— pero juraría que Kevin Roldán es jovencito y sigue en activo. Es probable que existiera algún otro más viejo con ese nombre artístico y el nuevo lo heredase para hacerle un homenaje. Parece algo frecuente entre reguetoneros.

      Un abrazo desde España.

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